Biografía

(Humacao, 1944 —Río Grande, 2003), cuyo nombre de pluma era Ánjelamaría Dávila, nació en Humacao, Puerto Rico, el 21 de febrero de 1944. Fue poeta y declamadora. Perteneció a la Generación del 60, también conocida como Generación Guajana, nombre debido al del colectivo literario y la revista a los cuales perteneció. Este fue uno de los períodos literarios más trascendentales de nuestra literatura en el siglo XX. Entre sus integrantes, figuran Marina Arzola, Antonio Cabán Vale “El Topo”, Andrés Castro Ríos, Edgardo López Ferrer, Edwin Reyes Berríos, Marcos Rodríguez Fresse, Vicente Rodríguez Nietzsche, Juan Sáez Burgos, Wenceslao Serra Deliz y José Manuel Torres Santiago.

Los tres poemarios que marcan la carrera literaria de Dávila son Homenaje al ombligo (1966), publicado junto a José María Lima, quien fuese su esposo entonces; Animal fiero y tierno (1977) y La querencia (2006), puesto en circulación póstumamente por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Su trabajo aparece incluso en importantes colecciones como: Antología de la poesía hispanoamericana actual, de Julio Ortega (Siglo XXI Editores, 1994), Flor de lumbre / Guajana 40 aniversario (ICP, 2004) y Literatura puertorriqueña del siglo XX, de Mercedes López Baralt (Editorial UPR, 2004).

La escritora incursionó en otras artes. Además de ser poeta, dibujaba. Así lo constatan Reinaldo Marcos Padua (n.d.) al mencionar que “posee la habilidad de

hacer dibujos muy singulares”, Rafael Acevedo (2024) al indicar que “sus hijos, Aurelio y Amanda, trabajan en la edición de una colección de poemas y dibujos de la escritora” y lo recalca la Fundación Nacional para la Cultura Popular [FNCP] (n.d.) al sostener que “era una excelente dibujante”. En torno a su participación en coreografía teatral, Arcadio Díaz Quiñones (2007) recuerda que, en 1979, Dávila se unió al Teatro de Histriones en el coreograma Atibón, Ogú, Erzuli para “poner en primer plano un ejemplo de la relación entre danza y poesía” (10). Finalmente, la FNCP la identifica como “poetisa, declamadora y cantante” y Acevedo (2024) afirma que ella “cantaba con buena voz sus propias composiciones”.

En todas las fases de su ejecutoria artística, Dávila declara, denuncia y problematiza su condición de mujer afrocaribeña puertorriqueña; o sea, reflexiona en cómo el sexo, la negritud y la nación están íntimamente enraizados en su cuerpo material y en el lenguaje, el cuerpo de su poesía. En años recientes, más allá de su muerte, grandes escritoras puertorriqueñas han entablado un diálogo literario con ella, reclamándola como modelo inequívoco de la más refinada poesía nacional; entre ellas: Yolanda Arroyo Pizarro, Mayda Colón, Mairym Cruz Bernal, Mayra Santos Febres, Karen Sevilla, Etnaíris Ribera y Amarilis Tavárez Vales.

 

Ánjelamaría Dávila falleció en el Centro de Cuidado Hogar Guadalupe, ubicado en el pueblo de Río Grande, Puerto Rico, el 8 de julio de 2003.

también entre los cacharros de la cocina

se encuentra el amor

     - tere dávila

do not let

artificial lamps

make strange shadows

out of you

     - pedro pietri

(a la alondra y a la calandria, trovadoras boricuas; 

a todas las mujeres que han hecho esta poesía anónimamente).

¡Qué triste es una paloma

cantando al oscurecer!

más triste es una mujer

andando de noche sola.

     - De una décima jíbara -

cuando niña, cuando oía

hablar de cosas oscuras

no preguntaba mis dudas

temiendo a lo que decían.

entonces yo no tenía

más, quel cuerpo que se asoma

la chispa azul que desova

la vida con su sospecha:

el aire dijo -tristeza,

¡qué triste es una paloma!

me detuve concentrando

para buscarle sentido

revolviéndome en mi nido,

atenta y adivinando.

de golpe, quién sabe cuándo

algo supe y me asusté.

no sé lo que malicié

mirando a ver si veía;

mientras, buscaba alegría

cantando al oscurecer.

seguí creciendo y entonces

razonaba muchas cosas

que entre una y entre otra

tropezaba con los hombres.

querían ponerme un molde

que no quise ni acepté,

porque si triste es nacer

marcada por la dolencia;

si pasa sin resistencia,

más triste es una mujer.

soy mujer, vivo el amor,

amo con intensidá

de frente con la verdá

que nos impone el dolor.

redonda sa abre la flor

que nos ata y enamora

pero, si es que me aprisiona

exijiéndome morir;

mejor prefiero seguir

andando, de noche sola.

¡Qué triste es una paloma

cantando al oscurecer!

más triste es una mujer

andando de noche sola.

     - De una décima jíbara -

qué triste es una paloma

mientras vuela como a eso

de las cinco en punto. el beso

de la tarde se abandona.

vuela el ave y se acomoda

desde el aire hasta su nido,

de vuelta vuela el camino

de la tarde hasta gastarlo,

yo, anegada de mirarlo

cojiendo vuelo la sigo.

cantando al oscurecer

se desata el pensamiento;

la luz vuelta sentimiento

se recoje para ver

de qué modo puede ser

y estar, mientras llega el día.

se impone pues, la estadía

nocturna que nos seduce:

la luz vuelta luz se luce

hecha sueño en su porfía.

más triste es una mujer

deshilada por el tiempo,

devorados los intentos

de las luces sin nacer.

pero siempre habrá de ser

bordada su ánima erguida

por el hilo de la vida,

siendo aliento, sed y brasa

que a través del tiempo pasa

lumbrosa huella encendida.

andando de noche sola

la luna vijila. el beso

de la sombra queda preso

por el aura que lo doma

en silencio. ya se asoma

el susurro salpicando

la oscuridá; y entrecuando

al cielo vuelo la cara,

miro el espejo que aclara

la sombra que voy pisando.

Las glosas son notas que escribimos al margen de un texto para parafrasearlo, explicarlo o reflexionar acerca de él. Pero ¿qué ocurre cuando quien escribe es “la paloma”, cuando sus alas son el lápiz y el aire, su página? Eso es lo que encontramos en las “glosas de la paloma (1)”, de la poeta humacaeña Ánjelamaría Dávila, poema en el cual la autora reúne a una bandada de mujeres con quienes alza vuelo en una sola voz comunitaria.

Las primeras glosas están dedicadas a dos trovadoras samaritanas (de San Lorenzo), Priscilla Flores, La Alondra, y Ernestina Reyes, La Calandria. Al fijarnos en que quien las escribe no es “una” paloma (cualquiera), sino “la” paloma (específica), inferimos que “La Paloma” se refiere a la voz poética. Ella es quien compone las glosas, que –para cerrar ciclo– son suyas (hechas por ella y tratan acerca de ella). Mas estas tres mujeres-aves (Alondra, Calandria y Paloma) no andan solas, como indica el fragmento de décima citado. Muchas más “han hecho esta poesía anónimamente”, por lo cual su voz se solidariza con aquellas que labraron un camino propio. Al leer la primera línea del epígrafe –“¡Qué triste es una paloma”–, descubrimos que la voz lírica representa a la “paloma cantando al oscurecer” y que alguien desconocido siente tristeza al oírla.

Luego, la poeta separa esos cuatro versos:

¡Qué triste es una paloma

cantando al oscurecer!

Mas triste es una mujer

andando de noche sola.

para convertirlos individualmente en el pie forzado de cada una de sus estrofas. Sin embargo, en “glosas de la paloma (2)”, vemos lo opuesto: los mismos versos comienzan cada una de las décimas. De esta manera, Dávila no sólo escribe dos poemas que funcionan como uno, sino que elabora una relación entre final y principio, en la cual –según el contexto– el fin de un elemento se convierte en el inicio de otro, así como acontece con las etapas de la vida.

En “glosas de la paloma (1)”, la hablante poética recuerda los cuentos que escuchaba cuando niña. Oía “cosas” que no entendía, pero mantenía silencio por temor. Su cuerpo-niña empezaba a vivir y una tristeza en el aire la definía. En la segunda estrofa, su mente inquisitiva se formulaba preguntas o adivinaba respuestas desde el espacio seguro del hogar. Mientras descubría, enfrentaba el miedo a saber. El conocimiento llegó más adelante como una canción: invadió y alumbró la oscuridad de su ignorancia. Con el tiempo, sufrió por hombres que deseaban amoldarla a sus expectativas, mas ella comprendió que haber nacido mujer la había puesto en desventaja, y eso detonó su resistencia. 

Entonces, se percató de que la mujer triste no es aquella que anda sola de noche, sino la que sigue ciegamente los mandatos de los hombres sin resistir. Como consecuencia, la voz lírica se afirma como mujer que experimenta el amor intensamente y que hace frente al dolor para acceder a la verdad. La experiencia, la verdad, el amor o el dolor son una flor abierta que amarra y seduce, pero ella aclara que, si estas limitan o amenazan la libertad y la vida, mejor será caminar sola a través de esa noche, que, al fin y al cabo, metaforiza la ruta del propio descubrimiento.

En las “glosas de la paloma (2)”, quien habla ya no es la paloma, sino alguien que la observa y parafrasea los versos en el epígrafe. La paloma cantando al oscurecer “vuela como a eso de las cinco en punto”; canta[r] al oscurecer “desata (libera)”; más triste es una mujer que ha perdido el tiempo en luchas infructuosas (que no conducen a ninguna parte) y, mientras and[e] de noche sola, estará acompañada, protegida, por la luna que –en silencio– domina las sombras.

En la primera décima, Dávila comenta acciones opuestas: la paloma que retorna al nido por la tarde, precisamente, le provoca salir del hogar para seguirla. Acto seguido, canta al oscurecer para liberar la mente, recoger el sentimiento y esclarecer una visión –casi filosófica– de sí misma: preguntarse de noche quién es y dónde o porqué está. La noche la invita a pensar en sí misma y en su papel en el mundo. La luz lunar y la de su conocimiento se (con)funden para hacerla soñar. Esto le revela que la mujer es triste cuando envejece alimentando sueños que jamás alcanzará. Sin embargo, insiste en que el mero hecho o el ansia de vivir debe dar forma a su alma. 

Al hacerse una con la vida, ella se vuelve suspiro, deseo y fuego: su huella encendida evidencia su paso firme por el mundo. Finalmente, la solidaridad entre mujeres vista en “glosas de la paloma (1)” ahora existe entre la hablante lírica y la luna, quien la vigila, aprisiona la sombra y la pone a los pies de la voz poética. Un susurro salpica la oscuridad, pero ella mira hacia el cielo para que la luna –espejo de luz– le aclare el rumbo y le permita pararse sobre –dominar– lo que, una vez, la atemorizaba. Por todo lo anterior, Ánjelamaría Dávila se impone en nuestro firmamento literario como una autora de alto vuelo.

Música: Guarionex Morales Matos (n. 1968)

Poema: Ánjelamaría Dávila Malavé (1944-2003)

Lucero del Mar Hernández, soprano
Víctor E. Carrión Morales, clarinetista
Harry Aponte, pianista

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Agradezco infinitamente la confianza, afecto y privilegiada complicidad de Amanda Colón Dávila y Aurelio Lima Dávila, hijos de la poeta, al autorizarme a realizar este proyecto en honor y honra de la memoria de Ánjelamaría.

3 de diciembre de 2024

Referencias

Acevedo, Rafael. “Los 80 años de Anjelamaría Dávila Malavé”. Claridad. 21 de febrero de 2024. Consultado el 29 nov 24. En: https:// claridadpuertorico.com/los-80-anos-de-anjelamaria-davila-malave/

 

Díaz Quiñones, Arcadio. “Angelamaría Dávila: canción sin palabras”. Cupey, 84 (2007): 9-11.

 

López Ortiz, Miguel. “Anjelamaría Dávila”. Fundación Nacional para la Cultura Popular. (n.d.). Consultado el 29 nov 24. En: https://prpop.org/ biografias/anjelamaria-davila/

 

Padua, Reinaldo Marcos. “Datos biográficos: Anjelamaría Dávila”. (n.d.). Consultado el 29 nov 24. En: https://www.geocities.ws/lospoetas60/ anjelamaria/datosbiog.htm

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